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LITERATURA Y MEDIOAMBIENTE
LA METÁFORA, UNA MANERA ABIERTA DE CONOCER EL MUNDO
Este libro, Metáforas de los árboles, es un nuevo acercamiento del
lenguaje poético a José Atuesta Mindiola. Sí, soy consciente de estar
diciendo algo que suena a locura. Pero ya es hora de dejar constancia de
que la lectura de sus 37 poemas, las asociaciones que tal lectura
provee, el saber que se deriva de las metáforas que emplea, el
conocimiento circular que su lenguaje poético suministra del mundo,
llegan más allá de Mariangola, el pueblo natal del poeta. Su
universalidad ha trascendido su propio yo, los hitos y tópicos del
lenguaje lineal y también -para usar un término atuestiano- la liturgia
sagrada de los vocablos con sabor a ayer.
Cuando el poeta habla de “los colores del sonido” y de que los
avatares “ahogan de ceguera los diversos rostros de la luz” está
dibujando un mapa alternativo del mundo, bien distinto de ese mundo
lineal que ha marcado nuestra cultura occidental ligado ferozmente a eso
que llamamos progreso. Precisamente los poemas de su libro son
totalidades que permiten ver que todo está en todo y que es el lenguaje
poético la fuerza que impone al poeta una nueva visión, el que sabe de
polisemias y metáforas y personificaciones y metonimias y significados
encabalgados en la historia caótica de una interrelación cognitiva entre
los hombres y un mundo al cual todos pertenecen.
En “el cantarino plumaje del río”, en las “lunas en los cristales de
sal”, en “los pájaros dormidos en gajos de luceros” en esa esquina del
cenit donde “todavía mis manos siembran de auroras el puente de tu río”,
se halla un conocimiento mayor de paradojas que dan sentido, ante
nuestras propias conciencias, del mundo exterior.
Cuando dijimos que Atuesta es mucho más que Mariangola, quisimos
decir también que es mucho más que Valledupar y que sus propios
recuerdos. Y es que la acción ejercida por el lenguaje poético sobre el
escritor termina por revertirse enriqueciendo una cosmovisión en una
paradoja que nunca tiene fin. De ahí que una lectura lineal sea apenas
un intento inicial y pobre para ver un mundo desde una perspectiva en
que las paradojas se tocan, contagian, agigantan y enmarañan sin cesar.
Detenernos, pues, en la semántica y en la gramática, o en la métrica y
expresividad de los textos de los 37 poemas, es mutilar el río secando
su cauce de sentidos.
En “La vida sigue”, por ejemplo, la literalidad de la alusión
muestra que el conocimiento de este siglo se parece mucho en su forma y
en su esencia a un círculo donde las oraciones simples tienen múltiples
sujetos que mutan de nombre, figura y estructura. Valga decir que las
palmas de corozo que el viajero encontró en su camino “llenaban de
fiesta los colores del paisaje”. Lluvia, viento, sol, figuras
caprichosas de las piedras y el terreno, la sonora canción del
movimiento, caben todos allí en un abigarrado contacto y remiten a
pasados recientes y remotos, a temores enraizados en el oscuro manejo de
la tierra y en el egoísta triunfo del poder.
En el libro surgen aquí y allá miles de adherencias emocionales y
sentimentales que siguen la huella de palabras y expresiones tales como
“cenit”, “colibrí”, “mujer después de un atentado”, “árbol citadino”,
“verde monumento”, “la erótica cicatriz en el ojo del relámpago”,
”pájara de Dios y de mi alma”, “la penumbra de la piel”, “una sombra de
serpiente nos envuelve”, etc.
Hasta ahora hemos podido notar que nos hallamos frente a un hecho
asombroso: la magia de la polisemia, inscrita en cada vocablo, ha
llenado de sentidos todas las voces que el lenguaje impuso al poeta.
Valga decir que la idea institucional de progreso, que alardea de
poseedora de verdades, le niega a la poesía su utilidad para conocer el
mundo y la relega al recinto de las tinieblas en que su función de ocio
contemplativo se opone al progreso de la ciencia y de la técnica. Esta
manera de ejercer el poder confina el lenguaje poético a unos recovecos
oscuros. Pero allí, cosa es de volverse loco, allí es donde crece fértil
la multiplicidad de significados, hija legítima del tiempo circular y
la simultaneidad de elementos distantes. En este nuevo tiempo,
polisémico y acogedor, la memoria se hace flexible, el presente no es
sólo hechos objetivos sino también vivencias que se unen a los sueños y
posibilidades del futuro.
Cuando arriba dijimos que Atuesta es mucho más que Mariangola y que
Valledupar, no negábamos una realidad geográfica primaria; pensábamos en
que el lenguaje supera al escritor en cuanto es más viejo que él,
contiene memoria y, más aún, memorias superpuestas. Y también, a veces,
el lenguaje poético tiene corazón. En una palabra, la lengua es sabia,
más sabia que el hombre y el poeta. La polisemia es el fruto-instrumento
de y para conocer el mundo que está en el fondo de los sentidos de la
nueva producción literaria de José Atuesta.
En conclusión, la lectura de Metáforas de los árboles posibilita el
surgimiento de una cosmovisión nueva a partir del todo; es decir, la
metáfora del lenguaje poético atuestiano surge, construye, modifica,
reconstruye y deconstruye la realidad en medio del caos de presente y
porvenir.
LUIS A. MENDOZA VILLALBA
Monólogo de un árbol citadino
Caligrama de fiesta son mis flores.
Soy silabario para los pinceles de la luz.
Para el mendigo, el sombrero de su alcoba.
Para el pájaro, el atril de su escritura.
Para el perro, la pared de su llovizna.
Para los alarifes del cemento,
soy un estorbo que frena
el tamaño mineral de su premisa,
un extraño en lugar equivocado;
sus amenazas de muerte me persiguen.
Pero soy más que un verde monumento
en la agitada ceremonia de las calles.
Soy testigo: de la noche que avanza con el miedo,
de transeúntes perdidos en su sombra.
Y también soy testigo de mis floridos reclamos
que ululan la presencia de otros árboles.
Nadie quiere estar solo,
la soledad es carbón que deja el relámpago.
De luto está la tierra
Dónde están las maracas de los ríos,
las mariposas flotantes en las ventanas del viento,
los pájaros que regaban las nubes de lluvias,
los rostros del agua en rebaños sedientos,
Dónde están las llanuras con los saltos del jaguar,
los tapires de nocturnos callejones,
las orquídeas y la altura vegetal de sus raíces,
los cucaracheros en la custodia mítica de las serpientes,
las espumas solitarias en el amanecer del corral.
Dónde están las brisas atarugadas de maizales,
los bosques y los infinitos espejos de los rostros de la luz,
las garzas que fingían ser hojas para no espantar
las estrellas de los árboles,
Dónde están las rocas gigantes con ojos de luna,
las montañas que guardaban el tiempo mineral de los helechos.
Sólo hay polvo y negros agujeros, socavones de piedras, repisa estéril, morada incierta. De luto está la tierra.